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Lo que ellos tienen difícilmente se puede llamar cerebro. De hecho, cuando hablamos de insectos solemos referirnos a ganglios, cuya arquitectura y conexiones son mucho más sencillas. Tienen relativamente pocas células, pocas uniones entre ellas y una actividad aparentemente más mecánica. Nadie imaginaría que de ese “cerebro de mosquito” pueda surgir una mente social capaz de coordinarse, repartirse el trabajo y cooperar por un mismo fin. Pero los ganglios de las hormigas no son muy diferentes, al menos no tanto como para dotarlas de esas habilidades y, sin embargo, las tienen.
Son capaces de organizarse en números que superan por muchos el de la mayoría de nuestras ciudades, alcanzando las varias decenas de millones de miembros. Y lo que es más sorprendente funcionan sorprendentemente bien, mejor que nuestras convulsas grandes metrópolis. No obstante, a veces surge el caos, o, mejor dicho, el orden más extremo y patológico imaginable. Grandes espirales de hormigas corriendo en círculos unas tras las otras. Circunferencias de varios cientos de metros girando sin descanso hasta que, una a una, todas van muriendo de extenuación. Son las espirales de la muerte y tanto ellas como su perfecta sociedad se explican con el mismo truco.
Más que sociedades perfectas podríamos decir que son “verdaderas sociedades”. De hecho, esto es exactamente lo que significa que les llamemos animales eusociales. Es cierto que las hormigas, las abejas y las avispas son los ejemplos más clásicos, todos ellos insectos del orden de los himenópteros. No obstante, este complicado sistema de castas, con una reina encargada de reproducirse sin mesura y obreras estériles que trabajan sin descanso está presente en animales muy diferentes, como las termitas (del infraorden Isoptera) o incluso en algo tan diferente como un mamífero, la rata topo desnuda (Heterocephalus glaber) Todos ellos acaban creando sociedades increíblemente organizadas donde sus miembros parecen trabajar como un todo en lo que la ciencia ha querido llamar inteligencia de enjambre”.
La clave de las inteligencias de enjambre es que, a pesar de estar formadas por sistemas extremadamente sencillos, estos cuentan con algunas propiedades básicas que, al interactuar entre sí, a partir de una masa crítica de individuos empiezan a emerger nuevas propiedades que tendemos a asociar con la inteligencia. Son propiedades emergentes, que se llaman. Algo que tampoco tendría que parecernos demasiado extraño ya que nuestro propio cerebro parece valerse de ellas en tanto que ninguna de nuestras neuronas muestra inteligencia por sí misma, sino que ello surge de su forma de relacionarse bajo determinadas reglas de su fisiología.
Pues bien, con las hormigas pasa algo parecido. Los insectos suelen apoyarse mucho en el olfato para navegar el mundo, y las hormigas, donde muchas especies están prácticamente ciegas, les dan una enorme importancia a esos aromas. Son tan centrales para ellas que los utilizan como marcadores, como el hilo e Ariadna, o el cazador que sigue sus propias huellas para volver al refugio. Lo que sucede es que no todas las sustancias odoríferas son iguales. Algunas de ellas despiertan una reacción extremadamente específica en estos insectos, casi como si fuera refleja y el olor se apoderase de su comportamiento. Se trata de las feromonas.
Estos olores tan específicos y de gran importancia biológica son captados por las células olfativas especialistas, y pueden cumplir funciones muy diversas. Popularmente asociamos feromonas a la atracción sexual, pero esta es solo uno de sus posibles usos. Otros, como los marcadores de superficie ayudan a que, por ejemplo, las hormigas de una misma colonia se reconozcan entre sí, pero distingan cada casta. La cohesión de los enjambres de abejas parece estar relacionada, por ejemplo, con el ácido 9-hidroxidec-trans-12-enoico, producido por glándulas en las mandíbulas de la reina, cumpliendo una función de reunión o agregación. Otras sirven para iniciar una alarma, alertando al resto de la colonia sobre un ataque, para que puedan huir o contraatacar. En el caso de las feromonas morfogénicas, sus efectos son tan radicales que pueden llegar a cambiar la propia anatomía de otros individuos, de hecho, es lo que las abejas de la miel (Apis mellífera) reinas utilizan para bloquear el desarrollo de ovarios en el resto de su colonia y evitar que las obreras críen a nuevas reinas.
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Así que, efectivamente, las feromonas son mucho más complejas e interesantes que lo que las empresas de perfumes nos quieren vender (de hecho, el concepto de “feromonas” en seres humanos está muy cuestionado) En el caso que nos atañe la calve está en las feromonas marcadoras de rastros. Las obreras normalmente pasan el día buscando alimento, pero cuando lo encuentran no suelen ser capaces de llevarlo todo de vuelta al hormiguero. Por ese motivo han desarrollado una costumbre bastante útil. Van marcando el camino de vuelta al hormiguero con las secreciones de su intestino. Al hacer esto, dejan una suerte de sendero de olor que, aunque no dura demasiado, suele permanecer el tiempo suficiente para que ella misma u otra hormiga vuelvan sobre sus pasos hasta el alimento y una vez más, regresen al hormiguero reforzando el rastro.
Lo más maravilloso es que los caminos más cortos, los óptimos, serán recorridos más veces, por lo que acabarán teniendo un olor más intenso y primando sobre los recorridos subóptimos. De ese modo, parece que las hormigas se organizaran para encontrar el camino más rápido hasta el alimento, cuando en realidad todo se fundamenta en que, por un lado, las hormigas tienden a seguir los rastros de olor que dejan cuando vuelven al hormiguero. La premisa es sencilla y de hecho podemos simular el comportamiento de una colonia de hormigas forrajeando con apenas unas pocas líneas de código informático.
El sistema es fantástico, gracias a ello la búsqueda de alimento se sistematiza bastante y una vez encuentran una fuente pueden aprovecharla al máximo. Incluso parecen avanzar perfectamente ordenadas, precisamente porque siguen su propio rastro. Sin embargo, hemos hablado de ruedas de hormigas condenadas a girar hasta la extenuación, algo que he sugerido fácil de explicar a partir de las feromonas. Porque ¿qué crees que ocurre cuando una hormiga se confunde y volviendo al hormiguero da con su propio rastro?
La primera descripción científica que tenemos de estas espirales de la muerte data de 1921 de la mano de William Beebe. Según dejo constancia, había visto una circunferencia de 370 metros de circunferencia repleta de miles de hormigas que daban una vuelta completa cada dos minutos y medio. Con el tiempo se describieron fenómenos parecidos en orugas gregarias como la procesionaria (Thaumetopoea pityocampa), o incluso en bancos de peces, como es el caso de los arenques (género Clupea).
Todos estos animales tienden a ser muy sensibles ante determinados estímulos sensoriales, los cuales condicionan fuertemente sus reacciones. De ese modo, consiguen moverse al unísono, ya sea procesionando como las orugas, o navegando en monstruosos cardúmenes, como los arenques. El problema es que cuando este estímulo condiciona una respuesta que a la vez genera un estímulo en la misma dirección, se entra en lo que se conoce como un bucle de retroalimentación positiva: cuantas más vueltas den las hormigas, más reforzarán el sendero de feromonas y más vueltas darán.
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Parece que estos caminos circulares se forman sobre todo cuando un grupo de hormigas se encuentra ante determinadas barreras en el terreno, ya sea por tener que sortear un obstáculo o por quedarse aisladas entre varios charcos tras la lluvia. Una vez entran en bucle es muy poco probable que salgan de él de forma espontánea, a no ser que algo lo interrumpa, como un animal entrometido, una rama que caiga sobre el camino, o tal vez una pequeña escorrentía que barra a la mitad de la recua de hormigas.
En caso contrario, los mismos principios básicos que han sido capaces de convertir a un puñado de insectos bastante “descerebrados” en una sociedad funcional y tremendamente eficiente, son los que pueden condenarlos a una muerte bastante poética. Esas son las maravillas de la emergencia, con o sin cerebro que valga.

Para tratar sobre lo que se puede denominar “complejo de Dios”, es irrelevante que el lector sea creyente, agnóstico o ateo ya que, el hecho de que algunas personas asuman que serían capaces –individualmente o en grupo– de ejercer efectivamente un grado de control sobre el orden social que exigiría las capacidades ilimitadas de Dios es independiente de la existencia o inexistencia de Dios mismo.
Dios, no como un tema de fe, sino como un concepto a definir (para a su vez, determinar el alcance del «complejo de Dios») no requiere un largo examen de religiones comparadas, sino una definición lógica coherente para explicar el alcance del concepto mismo.
Cierta tradición intelectual occidental define a Dios por tres características que deduce como necesarias del concepto mismo de lo divino llevado a sus últimas consecuencias lógicas. En ese sentido definimos a la divinidad como:
Omnisciente: esto implica que Dios –de existir– todo lo sabe. Y el alcance de todo es necesariamente ilimitado.
Omnipresencia: Dios existiría como presencia consciente en todo momento y lugar de la realidad íntegra, sin limitación alguna de espacio o tiempo.
Omnipotencia: su poder, como su conocimiento y presencia, no conocería límites.
Sería un poder y conocimiento que no conoce límites de espacio y tiempo, lo que desde que aceptamos al tiempo como una dimensión del espacio, nos habla lógicamente de un ser que sabe, está, puede y de hecho es, ahora en toda la realidad que existió, existe, y existirá. A eso, no a otra cosa, se refiere el concepto de omnipotencia que finalmente requiere y comprende los de omnisciencia y omnipresencia.
Cuando decimos que una persona o grupo sufre “complejo de Dios”, nos referimos a que se cree capaz de algo que resulta materialmente imposible dentro de las leyes de la propia naturaleza para cualquiera, excepto para quien tuviera esas características de Dios.
Cuando comprendemos que la existencia misma de la sociedad civilizada es producto de un orden espontáneo que resulta de la acción pero no de la voluntad humana chocamos con una realidad profundamente contraintuitiva. Es natural entender al orden como resultado de una voluntad ordenadora, pero todo lo que sabemos –sin ser omniscientes– sobre el propio universo, materia y energía, tiempo y espacio, así como sobre la evolución de la materia, la vida, la inteligencia y nuestra propia sociedad nos obliga a aceptar donde quiera que la materia llega a ser próxima al grado en que la complejidad aparece, emerge un orden sin ordenador que evoluciona en sus propias y necesarias interacciones aleatorias hacia la selección adaptativa.
La mente humana es capaz de identificar aquello, tanto en la naturaleza como en la propia sociedad, pero es contraintuitivo, porque nuestra experiencia vital nos conduce a entender el orden como aquello que nosotros mismos producimos a voluntad al actuar sobre nuestro entorno y a todo lo demás como caos. El caos, sin embargo, parece ser una mera entelequia –y en cierto sentido un mito ingenuo– mediante la que definimos un tipo de orden que escapaba a nuestra comprensión.
Obviamente, que la sociedad misma sea orden espontáneo –y que no pueda ser otra cosa– nos dice que vivimos en un orden que no es producto directo de nuestra voluntad sino indirecto e involuntario de nuestras acciones. Nos adaptamos al orden social mediante reglas, usos y costumbres institucionalizadas que, siempre sujetas a la selección adaptativa a lo largo de generaciones, nos permitieron evolucionar de los minúsculos grupos tribales definidos por los fines comunes, la envidia y la xenofobia, hacia la gran sociedad civilizada en que podemos interactuar pacíficamente con infinidad de desconocidos –incluso con aquellos a los que jamás vemos– cada cual en busca de sus propios y particulares fines, sirviendo lo más eficazmente posible a los de los demás. Es el orden del comercio, la producción especializada, la división del trabajo y el conocimiento, la propiedad, el derecho y la prosperidad creciente, en constante oposición al orden tribal primitivo de la envidia, xenofobia, violencia y miseria permanente.
Hayek explica en su última obra La fatal arrogancia que la idea común a toda forma de socialismo no es otra que un error de hecho sobre la forma en la información se crea y emplea en el orden espontáneo de la sociedad a gran escala. Los socialistas creen que pueden centralizar y controlar a voluntad la totalidad de la información que permite la existencia misma del orden civilizado. En su empeño, destruyen los procesos espontáneos de interacción voluntaria institucionalizada de los que surge tal información dispersa.
Se trata de la capacidad de procesar datos: ni cantidad de datos o la velocidad de procesamiento. Nos referimos a predecir lo impredecible, de infinitas interacciones libres entre todos y el entorno mediante las que cada individuo define sus propios fines y emplea sus propios medios, aprendiendo lo que ningún otro podría llegar a comprender sino de sí mismo. No podemos conocer lo que los demás desean, ni lo que desearan. Al imponerles fines, medios y planes de terceros por la fuerza, inevitablemente se empobrece material y moralmente el orden social hasta su colapso.
Lo único que aparentemente haría posible al socialismo sería que quienes planifican tuvieran –como creen tener en su infinita arrogancia– el poder de Dios. Siendo en su mayoría ateos., se han elevado –como también creen mediante dogmáticas absurdas– a la altura de la divinidad, lo que es imposible.
Si Dios existe, sus fines y medios no tendrían límites, su “acción” estaría más allá del tiempo lineal en que vivimos. En términos humanos no sería acción. El orden espontáneo de la sociedad sería la única “imagen y semejanza” entre lo humano y lo divino. Pero exista o no, el hecho es que quienes en su complejo de Dios sacrifican en los altares de su arrogancia a millones de inocentes, prometiendo el paraíso en la tierra, lo único que han materializado y materializarán siempre, es el infierno.
Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política en el área de extensión de la Facultad de Ciencia Económicas y Administrativas de la Universidad Monteávila, en Caracas, Venezuela.
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