Hoy le vamos a dedicar un tiempo a uno de los filósofos más importantes del siglo XX, cuya sombra se alarga hasta influir notablemente en el mapa de la política contemporánea. No hablamos de un teórico de biblioteca, sino de un pensador bajo cuya doctrina se han moldeado —y se siguen moldeando— movimientos políticos de enorme vigencia en la actualidad.
Para comprender de forma genuina lo que está pasando hoy en Venezuela, no basta con mirar la superficie de los hechos. Es imperativo que nos demos un paseo por el pensamiento de este filósofo y ensayista español. Su análisis sobre el hombre, la sociedad y el poder es la pieza que falta en el rompecabezas de nuestra realidad nacional. La lectura es el único antídoto contra la ceguera política. Atentamente, Germán González
Ortega
se opuso a los totalitarismos (comunista y fascista). Un rechazo basado en el
diagnóstico que realizó en "La rebelión de las masas"
Entre lo “politizable” y lo
“político” ha de haber una distancia, una separación, un espacio espiritual
inviolable que pertenece al individuo.
La política inspiró toda la obra de José
Ortega y Gasset (1883-1955), como lo acredita el hecho de que su obra más
relevante conocida internacionalmente, y de modo muy merecido, La
rebelión de las masas (1930), sea un texto de claro matiz política. Una obra que ha mantenido su
vigencia, como cualquiera puede comprobar si se acerca a una buena librería en
USA, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Holanda, Italia y otros países, donde se
la encuentra por doquier. Quizá fue la política el gran asunto del que trata
casi todo su pensamiento.
Recuerda el
profesor Agapito Maestre, en su Ortega,
el gran maestro, que la política constituyó siempre una de sus preocupaciones
principales, incluso en los momentos en que menos pareció atenderla o se retiró
de su ejercicio activo. Dejó incluso acuñado un dicho que muchos habrán oído
alguna vez: el que no se ocupa de política es un
hombre inmoral, pero el que sólo se ocupa de política y todo lo ve
políticamente es un majadero. Aunque en algunos momentos de su
vida Ortega dedicó muchos de sus mayores esfuerzos a la acción política, sobre
todo en su juventud y, más tarde, entre 1930 y 1931.
Es necesario
distinguir entre “ocuparse de la política” y “politizarse” para no confundir un
sistema democrático con un régimen de politicismo
integral, puerta de acceso a los regímenes totalitarios. Para Ortega no
todo es político, aunque todo pueda politizarse: toda vida humana
pudiera ser susceptible de ser politizada, pero no todos los ámbitos de la vida
son políticos. Entre lo “politizable” y lo
“político” ha de haber una distancia, una separación, un espacio espiritual
inviolable que pertenece al individuo. Si el Estado se apropiase de él, se
apropiaría de esa esfera única y exclusiva de las personas, dañando su
intimidad y fracturando incluso la política. La pervivencia de esa esfera
íntima es vital para que el individuo y la política puedan existir. En los
regímenes totalitarios desaparecen tanto el uno, como la otra.
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